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La escuela para los obreros de la "constru"

Desde hace 83 años, una escuela de la Facultad de Arquitectura de la U. de Chile forma a jefes de obras y capataces. Esta semana comenzó el nuevo año académico.

En Santiago hay un particular grupo de obreros de la construcción que, al final de cada jornada laboral, en vez de irse a descansar a sus casas, se van directo a la universidad. Sus clases comienzan a las 19 horas y para llegar puntuales, deben correr desde Las Condes, Vitacura, Providencia, Lo Barnechea y La Reina, que son las comunas en que se encuentran las obras que ayudan a levantar.

¿Su destino? La Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, ubicada en el centro de la ciudad. Ahí se encuentra la Escuela Nocturna para Obreros de la Construcción (Enoc), que fue creada en 1928 por los centros de alumnos de la facultad con la intención de acercar los mundos de los arquitectos y de los obreros. "Un trabajador capacitado nos facilita mucho nuestra labor en la obra", asegura el arquitecto y director de la escuela, Patricio Gajardo.

Esta semana se dio el vamos al nuevo año académico. Las clases comenzaron el lunes pasado, con más de 70 alumnos matriculados para este semestre. En sus 83 años, la Enoc ha formado en total a más de 5.500 capataces y jefes de obra de Santiago.

Desde pequeño, Saúl Caro acompañaba a su padre a trabajar a distintas obras en construcción y a los 16 años ya era un obrero. Ha sido jornal, carpintero y electricista. Hace dos años trabajaba en una constructora, donde conoció a un jefe de obras que se había formado en esta escuela. "Ahí me picó el bichito y me inscribí", cuenta Caro. Primero estudió para ser capataz y luego, jefe de obra.

Esos son los dos cursos que imparte la Escuela Nocturna para Obreros. Cada uno dura dos semestres y ambos se imparten en forma paralela de lunes a viernes, de 19 a 21 horas. Lo común es que cuando un trabajador obtiene el certificado de capataz, al año siguiente realice el curso de jefe de obras.

Los conocimientos que aquí se entregan son todos teóricos. Entre las asignaturas que se enseñan están edificación, geometría del espacio, interpretación de planos, instalaciones sanitarias, eléctricas y de gas y legislación laboral.

"Les entregamos los conceptos básicos de la construcción y las características de los materiales y su terminología", explica Gajardo.

Uno de los énfasis está puesto en que los obreros aprendan los términos técnicos de los distintos procesos de la construcción. "Uno estaba acostumbr ado a decir que 'la losa se guateó', pero aquí aprendí que lo correcto es decir que se pandeó", cuenta Saúl Caro. "Nosotros en la obra a un tipo de revestimiento le decimos 'tapa condoros'", agrega Mauricio Sepúlveda, quien se acaba de matricular en el curso de jefe de obras y que trabaja como pintor en un edificio de departamentos que hoy se levanta en Santa María de Manquehue.

Además, les enseñan matemáticas y castellano. En este último caso, se hace un repaso desde las vocales en adelante. "Esto lo hacemos porque también tienen que emitir informes, hacer memos y llenar el cuaderno de actas y observaciones, y es necesario que se expresen bien", explica Gajardo. Las distintas asignaturas las imparten arquitectos recién titulados de la facultad, salvo los ramos de matemáticas y castellano.

Como la escuela se creó con un sentido social, el costo de los cursos es casi simbólico. Cada semestre cuesta $ 150.000 y son financiados en la mayoría de los casos por los propios obreros y rara vez por las empresas donde trabajan.

Sin embargo, los alumnos reconocen que esa inversión la recuperan rápidamente. Antes de tomar el curso de capataz, Saúl Caro ganaba $ 350 mil mensuales construyendo casas en Las Brisas de Chicureo. Dos años después, con los certificados de capataz y jefe de obras en la mano, percibe $ 570 mil al mes. "Y ahora renuncié porque no estoy conforme con lo que gano. Después de este curso uno se hace valer más, porque tiene un respaldo", asegura.

El director de la escuela afirma que el curso es un gran avance para estos trabajadores, sobre todo si se considera que la mayoría son jornales y maestros que viven en comunas periféricas de la capital, como La Pintana, Pedro Aguirre Cerda, Puente Alto, Quilicura y Lampa.

Pese a que durante su historia la escuela ha tenido momentos complejos, como el año pasado cuando superó la crisis internacional y se suspendió un curso por falta de inscritos, nunca ha dejado de funcionar. Y eso que para su financiamiento depende de los aranceles de sus alumnos y el subsidio la facultad de Arquitectura. "Es una de las obras más bonitas que tenemos", afirma el decano, Leopoldo Prat.

Desde mediados de los 70, cuando la facultad se trasladó a la esquina de Marcoleta con Portugal, mantiene inamovible su oficina propia. En cambio, las salas las comparten. Ahí se turnan alumnos de arquitectura y obreros.

Publicado el 28 de marzo de 2011, vía la Tercera

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Darío Zambra Briceño, Periodista La Tercera

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