Opinión: 'Chile, una loca geografía electoral'

Enrique Aliste

Géographe, professeur titulaire de l’Université du Chili, chercheur invité au CREDA UMR 7227

“La naturaleza nuestra parece una voz desatada que vocea sin parar a una tribu de sordos estupendos. Responder a esa voz, casi nadie. Los mestizos la miran muy india todavía y los otros no se atreven aun con la empresa de mondar esa piña-amazona que se sienta sobre espada”. 

Gabriela Mistral (1941), prólogo al libro “Chile o una loca geografía” de B. Subercaseaux.

 

El domingo 21 de noviembre tuvo lugar la primera vuelta electoral en Chile para elegir la Presidencia de la República post revuelta social del 18 de octubre de 2019. Seis candidatos y una candidata estuvieron en la papeleta, representando diversas posiciones y opciones políticas. Los tradicionales pactos se organizaron de manera que la izquierda y centro izquierda fueron con tres candidatos y una candidata, la derecha y extrema derecha cada una con su candidato y un outsider inclasificable que obtuvo finalmente un inesperado tercer lugar.

Probablemente dando cuenta de la eficacia del modelo Bannon, ya probado en América Latina con Bolsonaro en Brasil, el candidato de la extrema derecha, José Antonio Kast, obtuvo contra todo pronóstico la mayoría de los votos en esta primera vuelta, con un 27,9%. A dos puntos porcentuales le sigue el candidato del pacto Apruebo Dignidad, Gabriel Boric, teóricamente favorito y quien se suponía debía capitalizar gran parte de lo que políticamente ha venido ocurriendo desde octubre de 2019, es decir, la enorme aprobación por una nueva constitución (con más del 80% de las preferencias y gran votación), la elección de los miembros de la Convención Constitucional (asamblea a cargo de la redacción de la nueva carta magna) y la convocatoria de las primarias presidenciales. Todos los procesos han ocurrido entre octubre de 2020 y noviembre de 2021. El candidato Boric obtuvo el 25,8% de las preferencias el pasado domingo.

Los resultados, independiente si son o no remontables, son desoladores pero a la vez sociológica (y por cierto psicológicamente) desafiantes: pese al escenario de enormes injusticias sociales desenmascaradas desde fines del 2019, el gran descontento y el reclamo airado contra los abusos de las grandes empresas, los atropellos a los derechos humanos (no olvidemos las más de 400 personas mutiladas oculares, los presos sin evidencia, los asesinatos no aclarados, los abusos policiales en general, etc.), los casos de corrupción que quedaron en evidencia (incluyendo una acusación constitucional aprobada en la Cámara de Diputados y sólo salvada por el Senado contra el Presidente Piñera por incumbencia en decisiones que benefician sus intereses personales), y un largo etcétera de situaciones que hacían impensable que la derecha tuviera chance de ganar esta elección presidencial, la votación obtenida por el candidato de la ultraderecha se convierte en un caso clínico que merece ir al laboratorio de la ciencia política, que seguramente encontrará buenas explicaciones y mejores interpretaciones.

Por lo pronto, los primeros análisis hablan de un fenómeno que territorialmente es claro: el voto tiene un mapa muy definido y que ya permite explorar algunos aspectos que son interesantes. Por ejemplo, el norte grande del país, históricamente afín a las ideas de izquierda, fue favorable a la extrema derecha y al inclasificable candidato Franco Parisi, quien vive en los Estados Unidos y nunca puso un pie en el país debido a que sobre él pesa un requerimiento de la justicia por impago de pensiones alimenticias a sus hijos. Hay algunas hipótesis al respecto. La crisis migratoria que ha sido especialmente sensible en las ciudades del norte grande de Chile (Arica, Iquique, Antofagasta principalmente), fue terreno fértil para acoger el discurso nacionalista del candidato de la ultraderecha. Además, conocida por acoger una población mayoritariamente masculina, relativamente joven y sustentada en el trabajo vinculado a la minería, también había en estas regiones afinidades al mensaje de Parisi centrado en el emprendimiento, la educación financiera, y por cierto el culto a los logros individuales, entre otros.

La región de Atacama y algunas comunas muy puntuales estuvieron con la candidata de los herederos de Concertación de Partidos por la Democracia y que gobernó con sólo dos pausas desde la vuelta a la democracia en Chile en 1990. Yasna Provoste, actual senadora por la región de Atacama y militante del partido Demócrata Cristiano, no logró alcanzar el 12% de la votación nacional. Estuvo apoyada por el pacto de los tradicionales partidos del bloque: la Democracia Cristiana (DC), el Partido Radical (PR), el Partido por la Democracia (PPD) y, al menos oficialmente, el Partido Socialista (PS). Cabe señalar, sin embargo, que una parte de la militancia del PS estuvo desde el inicio apoyando al candidato Boric.

El candidato de la derecha actualmente gobernante, Sebastián Sichel, logró un escuálido 12,8% que no fue perceptible a nivel territorial, salvo que sus votos se concentraron espacialmente en el sector oriente de Santiago, que es donde vive la población más acomodada del país y en donde por cierto, ganó por lejos el candidato de la ultra derecha. Los principales partidos que lo respaldaron fueron Evópoli, y al menos oficialmente Renovación Nacional (RN) y la Unión Demócrata Independiente (UDI). No obstante, muchos militantes y parlamentarios de RN y la UDI ya habían anticipado su apoyo al candidato de la ultraderecha, quien se restó de las elecciones primarias de su sector apostando desde siempre a la primera vuelta electoral pese a que las encuestas lo mencionaban con escasos 4 a 6% de preferencias aproximadamente por entonces.

El sur de Chile, salvo Magallanes en donde ganó Boric (que es su región de origen) y otros lugares más puntuales, estuvo con la extrema derecha y esto parece haber sido especialmente significativo en sectores rurales o en donde lo urbano no es tan relevante al menos. En la zona central y norte chico de Chile, también se impuso el candidato Boric con mayorías relevantes en las zonas más pobladas del país, salvo el Bío-Bío donde también la balanza se inclinó a la ultraderecha.

En el análisis preliminar de esta loca geografía electoral, conviene recomendar la columna de la colega del Departamento de Geografía de la Universidad de Chile Beatriz Bustos, quien explora lo que sucede con la votación en sectores rurales, que ella ha recorrido desde hace un tiempo. Basándose en el trabajo de Katherine Cramer (2016) sobre lo sucedido con Trump en Estados Unidos, y su vasta experiencia de campo a propósito de sus proyectos de investigación, Bustos señala que en las ciudadanías rurales hay una enorme frustración con decisiones políticas que han favorecido en los últimos 30 años a la industria extractiva en zonas rurales (agronegocios, infraestructura, etc.) y que desde allí se instaló el germen de la respuesta individual como única salida, aspecto que los populismos de derecha han sabido capitalizar bien. Desde allí también un enorme rechazo a intervenciones estatales en territorios rurales, lo que logran encauzar los discursos ultraderechistas.

Por otra parte, según muestran algunos análisis espaciales de los resultados de las votaciones, se repite un patrón habitual: quienes más concurren a las urnas son los sectores más acomodados de la ciudad de Santiago (con altísimos niveles de votación y en donde históricamente la derecha consigue elegir a sus figuras más emblemáticas). El voto en los sectores populares es menor y en ciertos sectores es preocupantemente incipiente, especialmente en aquellos sectores más desfavorecidos. Hay una geografía social del voto que parece dar cuenta de una fractura social y espacial clara, en donde se puede hipotetizar respecto de una alta correlación entre participación electoral y niveles socioeconómicos. Por otra parte, pareciera que el voto no se percibe como acto emancipador o camino para la transformación social, y eso es una señal que debe ser recogida con mucha atención por los sectores progresistas.

Por ahora, lo claro es que la amenaza efectiva de la llegada de un populismo de ultraderecha a Chile es una realidad difícil de digerir a la luz de los últimos dos años. Magna tarea tienen quienes estudian los procesos políticos y sociales. Si bien hay formas de explicar el fenómeno (errores estratégicos de la izquierda, desaciertos comunicacionales, descrédito a través de los medios ultraconcentrados en Chile, la agresiva campaña de fakenews a través de redes sociales por parte de la ultraderecha, entre muchos otros), lo desafiante es el contexto en que esta señal, completamente esquizofrénica, se produce. Por eso vale la pena recordar el segmento del prólogo al libro de Benjamín Subercaseaux “Chile o una loca geografía” que realizara la poeta chilena y Premio Nobel de Literatura 1945, Gabriela Mistral, al inicio de este texto.

Ver versión original en este enlace: CHILE UNA LOCA GEOGRAFÍA ELECTORAL

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